Agatha, puro corazón

Con la locura de las entregas de fin de año, el martes pasado me pasó algo que como amante de la moda es totalmente inaceptable. La regla número uno es estar al tanto de todos los eventos que se organizan y el desfile de Agatha Ruiz de la Prada me tomó de sorpresa. No tenía invitación pero mi planteo fue simple: “no puedo dejar de ir”.

 

Tomé mi cámara de fotos y en menos de media hora atravesé la ciudad con la esperanza de entrar a un show para el cual no tenía entrada. Pero el refrán dice que no arriesga no gana, y no tenía nada que perder.

 

Llegué al Club Montevideo en el lugar y en el segundo indicados.  En la entrada había una señora regalando la última invitación doble. Había bastante gente antes que yo, pero todos iban acompañados por más de dos personas. El momento mágico se dio cuando preguntó si por casualidad no habían dos personas sin acompañante. En medio del tumulto, apareció una cabecita de pelo verde que agitó la mano con ilusión buscando otra persona que, como yo, estuviese sola. En ese mismísimo instante mi ida a la Ciudad Vieja paso a tener emoción. El próximo objetivo era conseguir un buen lugar para mi lente.

 

Probé todos los lugares disponibles, pero la tercer fila no es muy amigable para gente de un metro y medio, y mucho menos con una cámara. Observé el magnífico lugar que le asignan a los fotógrafos en la punta de la pasarela, y advertí que en medio de todos esos focos preparándose para el shoot perfecto, había una cara conocida. Me acerqué a preguntarle si había algún lugar para una cámara amateur. Nuevamente valió la pena mi osadía; estaba sentada en primera fila encabezando el catwalk.

 

La diseñadora comenzó saludando al público desde un balcón, algo que no acostumbra a hacer. El desfile fue sumamente divertido, las modelos hacían corazones con las manos y tiraban besos, la música era alegre y la colección estallaba de flores y corazones como era de esperarse, pero lo inesperado fueron los emojis, algo que no había visto antes en las colecciones de la española.

 

En lo personal me encantó la visita de Agatha Ruiz de la Prada a Montevideo, el contraste ideal que la ciudad necesita. Ella es puro color y diversión y esta dosis es algo que, desde mi punto de vista, le hace falta a la uruguaya: ponerse colores vitales, divertirse a la hora de vestirse y animarse a las moñas en la cabeza y a los corazones en los pies. Esta fue su propuesta, traer una colección donde el atrevimiento y la diversión fueran protagonistas. ¡Gracias Agatha por tu visita, te esperamos con los brazos abiertos cuando decidas volver a presentar una nueva colección!